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La costa exóticaExistimos mientras alguien nos recuerda
August 04 Su cuadernoConocí a Irina a finales de los años ochenta cuando dirigía el departamento de desarrollo de un centro tecnológico ucraniano con el que mi empresa mantenía relaciones de cooperación técnica y comercial. Desde el primer momento se mostró como una mujer extremadamente inteligente que además de rigurosa en el trabajo, lo era en el mantenimiento de sus amistades. Irina en un principio era muy hermética en cuanto a su faceta familiar, pero partir de los vínculos que se establecen con algunas personas, fui conociendo su entorno y finalmente un día me llevó a su casa. Me presentó a su esposo Sergei, típico hombre soviético de anchas espaldas y bigote poblado, unos diez años mayor que ella, y a su hija Nadia, una alta, espigada y rubia adolescente muy vivaz y expresiva. Su casa rezumaba amor y desde luego aparentaban una familia entrañable y con fuertes vínculos afectivos, lógicamente con gran complicidad entre Irina y Sergei.
Irina sin duda había sido una estudiante y trabajadora modelo, pero a sus cerca de sesenta y cinco años ya tenía la mirada más fijada en su próxima jubilación que en el desarrollo de productos técnicamente revolucionarios, labor a la que había colaborado sus últimos treinta años. Al menos esa era mi apreciación cuando hablábamos pues de vez en cuando, parecía que dejaba la vista vagar y durante unos segundos se ausentaba de ese lugar dando una imagen de despiste que con frecuencia tienen los científicos.
Nadia se fue a estudiar a Kiev y solo veía a sus padres de vez en cuando, en épocas de vacaciones. En verano de mil novecientos noventa y dos, Irina me comunicó que se iba a jubilar por motivos de salud. Debido a nuestra amistad, seguimos en contacto durante un tiempo. Al parecer la jubilación les había venido muy bien porque ahora ambos pasaban muchas horas juntos. Se pasaban el día paseando o en casa recordando anécdotas y experiencias de su vida juntos.
Un día de marzo, Sergei tuvo un infarto y en dos días falleció. A partir de ese día Nadia me comentó que su madre se fue quedando más y más ausente mentalmente. Se pasaba las horas mirando por la ventana con la mirada perdida. Llamó a un médico y le diagnosticó Alzheimer en un grado muy avanzado. Solo unos meses más tarde, Irina una mañana simplemente no volvió a despertar y decidió reunirse con su amado Sergei.
Viajé el funeral y de paso a ayudar a Nadia a organizar esa casa, pues sabía que sería muy duro para ella sola.
Al ordenar las cosas de la casa, en un cajón, debajo de una pila de ropa encontramos un cuaderno. Al abrirlo descubrimos que era una especie de diario pero nos llevamos una sorpresa enorme. En la primera página había varias fotos de Sergei, y como pie de foto ponía: “Sergei, mi esposo”. En la segunda, varias de Nadia con una leyenda que decía “Nadia, mi hija”. A continuación narraba cientos de anécdotas de su vida con su esposo todas con fecha y con extraordinaria precisión. Pero lo más sorprendente era que, en contra de un diario en el que las experiencias se van relatando según suceden con diferentes trazos y bolígrafos, estas parecían haber sido redactadas todas seguidas en una misma época. Pasamos todas las páginas del diario hasta llegar al final. En la hoja final estaba pegado un papel que nos dejó atónitos. Era un papel médico con fecha mil novecientos noventa y uno. Era un diagnóstico médico. Al final subrayada varias veces estaba una frase que decía “Diagnóstico: Alzheimer en fase inicial”.
Nadia y yo nos miramos y lo comprendimos todo. Cuando se lo diagnosticaron, Irina cuidadosamente y sin decirle nada a Sergei había escrito contrarreloj todo lo que debía recordar de su vida y así revisarlo cada poco para que Sergei nunca se enterase de su enfermedad. Y así fue. Cuando su motivo de estar viva desapareció, guardó el diario y se dejó llevar hasta reunirse con su amado esposo.
“El puro amor provoca enormes y maravillosas acciones para intentar hacer que tu pareja sea feliz hasta el último día de su vida”. July 28 Ese ramito de violetasSiempre se ha dicho que detrás de un gran hombre hay una gran mujer pero tal y como se desarrolla la sociedad, a veces sucede que existen grandes y exitosas mujeres delante de grandes hombres…o de hombres corrientes que sean capaces de asumir que su mujer tenga una progresión tanto profesional como social muy superior a ellos. Y ese es el caso de mi amigo Pedro, cuya mujer María ha alcanzado grandes cotas de éxito en el ámbito laboral y social.
Siempre hemos mantenido una gran amistad desde la infancia y por ello en muchas ocasiones hemos sido mutuos confidentes de diversos asuntos que giraban en nuestras cabezas. Hace como un año, mientras María realizaba unos grandes negocios en Nueva York, una noche me llamó bastante preocupado. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la cabeza muy preocupado y me preguntó si yo pensaba que María le era fiel. Le mostré mi sorpresa pues siempre les había considerado una pareja ejemplar y por ello me contó por qué se hallaba en esas dudas. “Desde hace unas fechas” – me dijo – “y coincidiendo con que María está en Nueva York, cada día a primera hora de la mañana en la verja de la calle hay enganchado un ramito de violetas con una tarjeta en la que hay un poema y termina siempre con la frase ‘te quiero’, por ello creo que tiene un amante”. La verdad es que en ese momento no supe buscar una explicación a tal suceso y solo por animarle le dije que quizás era un admirador secreto porque para ser un amante desde luego que era poco discreto.
El caso es que siguieron pasando los días y el ramo, fiel a su cita cada mañana estaba en la verja de su casa. Así se cumplieron las semanas hasta que después de un mes regresó María a casa y durante de los besos de rigor, notó que Pedro estaba un poco frío. Desconocía que desconfiaba de ella desde que se había marchado por ese tema de los ramitos. Pedro le preguntó mecánicamente si el viaje había ido bien a lo que ella le contestó brevemente pues no estaba muy interesada en hablar de trabajo sino en recuperar el tiempo perdido. Pese a que Pedro no estaba muy por la labor, con sus armas de mujer le llevó a golpe de besos y caricias hasta la cama e hicieron el amor. Al terminar, María se puso a la espalda de Pedro y le abrazó con ternura. Mientras descansaban de la batalla a Pedro le daba vueltas a la cabeza el tema de la infidelidad pero no sabía como planteárselo a su mujer que aparentemente no mostraba visos de engañarle. En ese momento, María le preguntó suavemente al oído “cielo, no has dicho nada todavía ¿te han gustado los ramitos de violetas que cada día te envié?”. Pedro se quedó helado al oír la frase. Percibió primeramente un gran alivio pero después se sintió mal por desconfiar de ella y por no imaginar que su mujer pudiese regalarle flores. ¡Quién iba a imaginar que su mujer le enviase flores a él si eso teóricamente debería de ser al revés!. Girándose la llenó de besos y nunca más volvió a desconfiar de ella.
“No por llegar al éxito laboral una mujer debe de perder esos maravillosos gestos de sensibilidad que definen el amor de una dama, y un hombre debería de tener sensibilidad suficiente como para poder valorar sin complejos cualquier tipo de obsequio que venga de una mujer”.
July 21 Chiti y FranSolo contaban con unos diecisiete años cuando Chiti y Fran se conocieron en la época escolar. Chiti rebosaba vitalidad y una enorme simpatía. Poseía un elástico y flexible cuerpo y una preciosa sonrisa. Fran era un chico más reservado y reflexivo pero una enorme dulzura en su forma de ser.
Tras unos incipientes e irregulares besos a escondidas comenzaron a tomar confianza y conciencia de su relación y procedieron a atar sus corazones con cintas de seda que suave pero irremediablemente les hacían adictos el uno del otro. Por medio de sus besos y caricias comenzaron a descubrir los recovecos del otro, los puntos que especialmente les agradaban. Conjuntamente aprendieron a decirse “te quiero” mirándose fijamente a los ojos. Se fueron a vivir juntos mientras ella comenzaba a estudiar. Cada día se encontraban en casa para tras sonreírse y besarse, disfrutar de una tranquila noche juntos. Vivían una relación estable y equilibrada. Nunca hacían planes de futuro y se limitaban a disfrutar cada día tal y como venía.
Ese verano decidieron dirigirse a la costa para disfrutar unas vacaciones juntos, así que un dos de Julio tomaron una mochila cada uno y de dirigieron hacia el mar. Una de sus pasiones era viajar en moto. Fran amaba la sensación del aire en su cara mientras Chiti se abrazaba con fuerza a su cuerpo y cerrando los ojos sentía como que volaba por el efecto del viento envolviendo su joven y elástico cuerpo.
Las mañanas las dedicaban a tumbarse en la arena y caminar por la playa mojando sus pies en el mar y dándose baños para refrescar sus cuerpos recalentados tras tomar el sol. Por las tardes se daban largos paseos para observar la puesta de sol sobre las juguetonas olas.
Así transcurrieron los quince días de vacaciones hasta que el día diecisiete de Julio recogieron sus pertenencias y tomaron ruta a su casa de regreso. En una curva encontraron una inesperada mancha de aceite y Fran perdió el control de la moto. Tras unos breves segundos deslizándose sobre el suelo ambos impactaron violentamente contra la valla protectora. Sus jóvenes cuerpos no pudieron soportar el golpe. Quienes les encontraron cuentan que los descubrieron cogidos de la mano y mirándose mutuamente. Sus inmóviles cuerpos, envueltos en una manta roja se quedaron en esa curva para siempre, pero sus almas volaron juntas.
Chiti y Fran podrían haber vivido setenta años juntos, pero el caprichoso destino decidió terminar con su vida ese nefasto día. Sin embargo ese escaso año juntos supieron aprovechar la vida y despedirse del mundo con la conciencia tranquila de haber extraído a su existencia todo su sentido.
“La vida es algo que no sabemos cuando finalizará, así que en vez de hacer planes debemos cumplir cada día nuestros sueños y deseos”.
July 14 V (Uve)Ante todo he de decir que esta historia se refiere a alguien con una cierta vertiente pública. Por ello, y para mantener su anonimato solo me referiré a ella como V (Uve). En todo caso si ella lee este relato tengo la esperanza de que tal vez se reconozca.
Desde que nació, el médico se quedó maravillado por los grandes y celestes ojos del pequeño bebé. En unas semanas su cabecita se llenó de un fino cabello de oro. Ya durante la niñez siempre era la más aplicada de la clase. El caso es que cuando V realizó el mágico paso de la infancia a la juventud, cual eclosionada crisálida se convirtió en una muy bella joven que magnéticamente atraía las miradas de todas las demás personas. Sin embargo, y en contra de lo que podía sugerir por su apariencia, esa joven rubia de mirada azul no era en absoluto superficial pues su meta no era solamente divertirse, sino que poseía unos intereses intelectuales que la llevaban a invertir su tiempo libre en estudiar. Tenía claro que formarse correctamente era el mejor camino para alcanzar sus deseos.
Por todo esto dejó de ser considerada como alguien potencialmente popular para pasar a ser el grupo de las chicas raras. Sin embargo con el paso de los años y con solo algo más de veinte años estaba a punto de hacer realidad todos sus sueños.
Y llegó ese día de lluvia en el que la conocí. Ese precioso día de lluvia. Fue un momento fugaz en el que, afortunadamente para mi, compartimos el mismo lugar en el mismo preciso momento. Una soleada tarde de verano, V salió a realizar una entrevista de trabajo. Tras escuchar la famosa y recurrida frase “ya te llamaremos”, se dirigió a la calle. Durante ese tiempo y por causa del calor, se había generado una tormenta que la alcanzó en plena calle y sin paraguas. Del cielo comenzaron a brotar millones de grandes gotas que con rabia iban golpeando el suelo de la caliente acera provocando pequeñas explosiones transparentes. En ese momento nos cruzamos. V al intentar huir del agua, sin saberlo corrió hacia mí. Su mojada melena rubia se balanceaba rítmicamente en el cielo y sus gráciles y pálidos pies, cual suaves alas de ángel la llevaban como flotando sobre el encharcado pavimento.
Primero me quedé levitando unos instantes frente a sus ojos que me cautivaron porque en ellos se podían ver las corrientes de siete mares. Sus suaves rasgos me resultaron familiares. Después me intenté apartar a un lado para evitar la colisión pero fue imposible. El roce de ambos cuerpos fue suficiente como para que V perdiese el equilibrio y con ello la carpeta que mientras corría apretaba fuertemente contra su pecho. La tomé entre mis brazos para evitar su caída pero la carpeta que portaba salió despedida contra la acera. Una vez equilibrada, solté mis brazos para que se pudiese recuperar y me agaché a recoger su mojada carpeta que en letras doradas mostraba un título que yo ya había leído anteriormente y que me sirvió para corroborar que ella era quien yo suponía. Le entregué su carpeta y mientras V me regalaba una mirada profunda y una demoledora sonrisa, musitó un fino “muchas gracias” con un tono de voz que me sonó suave como el algodón. Después se alejó velozmente entre las gotas de lluvia mientras yo, sonriente la seguí con la mirada hasta que desapareció al doblar una esquina.
Desde entonces siempre la he tenido en mi recuerdo, y celebro en parte como míos todos los éxitos de su carrera. Personas con su tesón, talento y simpatía son las que hacen un poco más felices a los demás.
“Solo es posible alcanzar los sueños a base de duro trabajo y aprovechando los dones que nos regala la naturaleza. Sin embargo, quienes obtienen lo que desean sin esforzarse nunca sabrán valorar de verdad lo que logran”.
July 07 Ni Dewi, una dama indonesa en Hong KongSiempre he intentado no valorar a las personas por su aspecto o por su ocupación. Eso me evita prejuzgar a la gente y acabar siendo injusto tanto presuponiendo nobleza donde solo reside la villanía o corrupción donde se ocultan sentimientos de amor y solidaridad. Ese criterio de comportamiento me hace ser muy abierto a conocer gentes de muy diferentes orígenes, ocupaciones y planteamientos de la vida y de entrada acepto a todos los que respetan la vida y costumbres de los demás.
A finales de los años noventa, cuando el mundo estaba expectante ante lo que pasaría en el año dos mil, durante unos meses estuve residiendo en Hong Kong. Fue una etapa que marcó especialmente mi concepto de la vida pues la inmersión en ese ambiente hace que uno se sienta totalmente forastero en ese maremagnum de culturas, personas y situaciones. Pero vayamos al principio. El año que trabajé en Hong Kong, durante el día me volcaba en la negociaciones que desempeñaba para la empresa de “Trading” que me tenía contratado. Sin embargo de noche mi vida se volvía casi siempre taciturna, turbia, entre locales nocturnos y amistades a veces poco recomendables pero siempre necesarias para salir adelante en una enorme urbe multirracial y a veces opresiva como es Hong Kong.
Un día que tengo que admitir no recuerdo demasiado bien la conocí. Al final de la noche eligió, quizás por algún designio de sus dioses, mi hombro pasa desahogar el llanto ante una ruptura sentimental muy reciente. Al final de la noche no sé como acabó en mi cama, pero para evitar suspicacias tengo que admitir que durmió sola porque su aparente indefensión nunca podría ser aprovechada por una persona como yo, así que yo dormí, aunque incómodamente, en el sofá de mi pequeño y sencillo piso. Solo a la mañana siguiente, entre la jaqueca de la resaca apareció envuelta en una toalla y me dijo su nombre: Me llamo “Ni Dewi”, pero la gente me suele llamar “Kristy” que suena más internacional y soltó una risa corta pero que me generó confianza. A partir de ese día mi raquítico apartamento sirvió de refugio para Kristy en todas las noches en las que necesitaba compañía de un amigo que no le pidiese nada más que conversación y alguna que otra mirada furtiva. Durante una de nuestras primeras y largas charlas me contó que su origen era Bali, una isla de Indonesia algo lejana en la que una de las fundamentales costumbres ancestrales era realizar varias veces al día diversas ofrendas florales a los dioses supremos, al bien y al mal para pensar, hablar y hacer el bien a los demás. Ella sin embargo había considerado siempre que eran más importantes las buenas acciones que la simple apariencia, y por ello había sido mal vista por su pueblo por entonces muy conservador y formalista. Cuando podía, se pasaba horas mirando al mar, seguramente añorando las olas que rompían contra las abruptas costas de su isla natal. Tengo que admitir que desde que conocí a Kristy mi mayor deseo fue siempre conocer su isla para comprobar que todo lo que me había contado durante esas entrañables noches era realidad.
Kristy trabajaba de lo que podía, pero siempre vinculada a la noche en diversos locales que yo solía visitar. Yo por mi parte estaba seguro de que en algún momento ella echaría a volar buscando un nuevo destino con el dinero que ahorrase, y efectivamente, a finales de octubre de ese año dejó de frecuentar mi apartamento desapareciendo de mi camino y de mi vida. Nunca la he vuelto a ver. Sin embargo, unos meses después de su desaparición, recibí la extraña visita de un hombre afable pero serio preguntándome por Ni Dewi. Le había dado mi dirección como lugar para localizarla. El caso es que ese hombre era el director de una residencia para niños desamparados a la que Kristy había donado regularmente todos sus ahorros mensuales antes de irse hacia un nuevo destino desconocido para ambos.
“Generalmente, ocultas en la apariencia de personas humildes y corrientes se esconden grandes benefactores anónimos que no precisan de llamativos gestos religiosos o de fe para hacer el bien a los demás”.
June 23 Ángeles en blanco y negroLas noches de tormenta tienen especial efecto en mi mente. Generalmente se generan en cálidas tardes de verano y descargan con inusitada furia por la noches. Esas noches son negras pero los rayos convierten el cielo en tétricos teatros en blanco y negro a un irregular ritmo de atronadores tambores. Hasta las más sencillas geometrías se deforman con la variable pero poderosa luz de los rayos nocturnos. Algo así me sucedió una noche de Junio de hace unos diez años. La ciudad intentaba conciliar el sueño cuando una fuerte tormenta se abatió sobre ella. Uno de los truenos me hizo despertar bruscamente. Noté mi acalorado cuerpo intentando refrigerarse con la sutil brisa que penetraba por mi ventana semiabierta. Me levanté a beber un vaso de agua a la cocina. Caminaba con parsimonia pues me gusta andar a oscuras por mi casa por la noches.
Tras uno de los rayos, en mi habitación apareció un ángel negro mientras yo confiadamente estaba en la cocina sirviéndome un vaso de agua. Justo en el momento de caer el segundo rayo, apareció un ángel blanco en el extremo opuesto de la habitación. Ambos ángeles se miraron durante unos segundos como estudiándose. El ángel negro mirando entre pícara y diabólicamente al ángel blanco le dijo “he venido del infierno para corromper a los humanos y que finalmente caigan en manos de mi creador”. El ángel blanco con mirada enérgica le contestó “yo he venido a evitar que tus deseos de cumplan”. Ambos seres se fueron acercando lentamente mientras sus ojos se escrutaban con interés. Se acercaron más y más. Tres metros, dos metros, un metro, hasta que solo diez centímetros les separaban. En ese momento se detuvieron. Ambas notaban el aliento acelerado de la otra, que aunaba interés y excitación. Las manos se rozaron y sorprendentemente sus corazones se aceleraron un poco más. Tras el roce vinieron las caricias hasta que sin saber cómo, sus labios se encontraron, y en unos segundos se dejaron caer en mi cama muy suavemente. La lenguas comenzaron a estudiar los cuerpos de su rival que en ese momento no parecía peligrosa. La aceleradas mutuas respiraciones provenientes de sus gargantas pasaron a ser gemidos, primero suaves y después más fuertes. Las manos asimismo encontraban como excitar a su acompañante y llegado a un cierto momento ambas llegaron al éxtasis.
Cuando regresé a mi habitación, noté algo extraño en el aire: era un aroma fresco a mujer que despertó mis por entonces adormecidos instintos. Al entrar cautelosamente en la habitación no vi nada extraordinario. Sin embargo en ese momento un rayo cayó en la distancia y su luz durante unas décimas de segundo iluminó dos cuerpos que yacían en mi lecho. Mi mano instintivamente se acercó al interruptor de la luz, pero al accionarlo la bombilla no se encendió. Seguramente uno se los rayos había generado un corte de luz en mi barrio. Al oírme entrar, ambos ángeles me miraron sincronizadamente con una mirada primero sorprendida y después fulminante de quien interrumpe en el momento más inoportuno. En ese momento y tras mirarse se levantaron y grácilmente salieron volando por la ventana.
Seguramente nadie creerá este relato, y me tratarán de loco o fantasioso, pero por muchas vueltas que le he dado en la cabeza desde entonces, creo que nunca sabré a ciencia cierta si lo que acabo de relatar sucedió en realidad o solo en mi cabeza en una tormentosa noche de verano, pero lo que no nunca podré explicarme es el olor a suave aroma femenino con el que quedaron impregnadas mis sábanas durante días.
“A pesar de las ideas preconcebidas, la mejor solución ante la intolerancia es aprender a conocer e incluso a amar a quienes comparten el planeta con nosotros”.
PD: Siguiendo la ruta de los antiguos navegantes me voy unos días de vacaciones. 20 horas de vuelo, a la isla de los mil templos. Lejos....muy lejos. La misión es conocer gente, culturas, paisajes y mundos remotos. Pero pronto volveré. Con la maleta y sobre todo la mente llena de experiencias y recuerdos. Besos a todos.
June 16 La ventanaDesde siempre las ventanas me han fascinado, pues a través de ellas siempre se puede uno introducir de manera gratuita en la vida de los demás, con discreción y sin oposición. En casa todos nos volvemos nosotros mismos y nos quitamos las caretas y disfraces que solemos utilizar al salir al mundo exterior.
Recuerdo con melancolía una de mis estancias más solitarias y grises que realicé en Nueva York, durante un periodo en el que abandoné mis actividades para dedicarme a depurar mi inglés y de paso conocer la psicología multirracial de ese bosque de hormigón. En la ciudad de los rascacielos contrasta brutalmente que sea definida como el lugar donde nadie es forastero pero a la par tenga uno de los mayores índices de soledad, de indigentes y de suicidios del mundo.
El caso es que a través de mi ventana casualmente un día la vi. En cuanto la observé supe que era algo especial pues mi sangre comenzó a agolparse en mi cabeza y no en otra zona del cuerpo masculino que todos sabemos a donde suele dirigirse ese líquido rojo cuando una mujer únicamente nos atrae físicamente.
Pero ella era diferente. Cada vez que volvía a casa yo ya estaba en la mía y me encantaba observarla por la ventana. Se paseaba descalza con una copa de vino y muchas veces bailaba al ritmo que yo desconocía pero que me gustaba imaginar, y que dependía de mi estado de humor. Blues, melódica, rock... Estaba seguro de que ella no solo desconocía que la miraba, sino que incluso desconocía mi propia existencia. El caso es que mi estómago sentía con solo imaginarla esas famosas mariposas que definen el enamoramiento.
Así pasaron los días y las semanas. Comencé a pensar en ella y soñaba con acariciar su cuerpo que parecía suave y frágil pero que tal vez era solo el breve envoltorio de una fuerte y enérgica mujer que luchaba cada por no ser engullida por esa gran urbe. Imaginaba recorrerla con mi lengua, mis labios e incluso tenía tanta intensidad que imaginaba su aroma, ese de mujer mezclado con la colonia fresca que su juventud merecía. Desarrollábamos todo tipo de juegos sexuales en los que ella se entregaba con extremada fogosidad como atraída de manera implacable por mi persona, pero todos esos sueños siempre finalizaban con mi cuerpo sudoroso y solitario sobre mi deshecha cama.
A veces me parecía que ella me miraba pero simplemente dejaba la vista vagar por la lejanía de los cientos de ventanas que tenía mi edificio entre la que yo no era nadie. Qué contraste…yo nadie para ella y sin embargo ella todo para mí.
Cada día me mentalizaba para tener la suficiente fuerza de voluntad para cruzar la estrecha calle que nos separaba y subir a decirle lo que pensaba de ella. En esos momentos nunca se piensa que la otra persona te pueda rechazar pues imaginamos que somos su persona ideal.
Con los años he aprendido que el amor no es como un boomerang. Se puede intentar entregar todo y que la otra persona solo nos muestre la indiferencia de quien ni siquiera nos conoce.
Finalmente fue un luminoso día dieciséis de Junio cuando tuve el suficiente valor para mostrarme ante ella. La observé llegar a casa. Amablemente la dejé durante una hora que se recargase de la rutina y mi estómago comenzó a tener un tembleque muy especial. Bajé a la acera, crucé la calle y entré en su portal. Como conocía su ventana sabía que residía en el piso treinta y cuatro, uno menos que el mío. En su buzón descubrí por primera vez su nombre: Linda Stratford. 34, Door C. Siendo tan bella, tenía que llamarse así. Tomé el ascensor y marqué su piso.
Llevaba preparada la conversación en mi mente con todo lo que le quería decir y con las respuestas preparadas ante todas sus previsibles preguntas. En todo caso las iba repitiendo durante el viaje en el ascensor.
Se abrió la puerta y salí al pasillo. Tras de mí se cerró la puerta y quedé en silencio. Avancé unos pasos hasta su puerta. El ritmo de mi corazón era ya como de mil caballos desbocados, pero no había ido hasta ahí para rendirme, así que llegue a la puerta C y llamé. Nadie contestó así que insistí, dos…tres veces. Hasta que se abrió al puerta, era ella que me miraba con rostro de sorpresa pues no me conocía. Llevaba una bata de seda blanca y resplandecía como una princesa. Iba a hablar pero ni pude. Tras unos segundos tras ella sonó una voz que decía “Close the fucking door and come back to bed, love!” (*). Esa voz me era familiar…sí, era la de un nuevo inquilino llamado Josh que me había encontrado en el portal unas pocas veces y con el que había cruzado un par de frases. Al ver que yo no decía nada, Linda con una diplomática sonrisa cerró despacio la puerta y me dejó plantado como una escultura de mármol en un museo. Me fui a mi piso y nunca más miré hacia su ventana. Bueno, miento, lo hice una vez, pero había instalado unos blancos visillos de estilo oriental que mantenían en secreto su intimidad. Jamás volví a verla.
“Si crees que algo o alguien merece la pena debes ser valiente e ir a por ello en seguida, no sea que otro más valiente se te adelante y te lo quite”.
(*) “¡ Cierra la puta puerta y vuelve a la cama, amor !”
P.D. Quiero dar las gracias públicamente a las siguientes personas y amigas por el premio que me han concedido:
- A Morgana (http://brujantigua71.spaces.live.com) que tiene un space lleno de magia y unos ojos azules como el mar.
- A Cristy (http://morenita4jeweljk22.spaces.live.com) que aúna un refinado aspecto con una sensibilidad extraordinaria.
June 09 El antílope y la leonaLas costumbres animales suelen transmitirse de padres a hijos, de generación en generación. En esos instintos se potencia la autoprotección, mostrando a las crías qué conductas o qué animales pueden ser malos o incluso letales.
Pero el caso es que en los seres humanos y su “mundo civilizado”, las costumbres más bien se basan en el lugar en el que se relacionan, así como en las costumbres de los progenitores. Por haber nacido en un ambiente de esos denominados respetables, mi educación a todas luces era la que se da por llamar correcta. Ese tipo de aprendizaje se basa en el control de los instintos para que a la vista de todos nada se escape de lo controlado. Nada de drogas, poco alcohol, relaciones correctas y educadas entre hombres y mujeres y actividades de peligro limitado.
Todo eso se había grabado en mi mente como un disco, a base repetir los mismos principios una y otra vez. El caso es que dentro de mi ser percibía que me comportaba como un autómata y una parte de mi, que no podría ahora describir con precisión, me hacía preguntarme si la vida, eso que la naturaleza nos brinda por un tiempo definido, simplemente se limitaba a disfrutar el tiempo siguiendo unas pautas predeterminadas, como el de un una película de la que ya se conoce el final, sin permitir que los más bajos y básicos instintos tomen el control para dirigir el ritmo de nuestra vida.
Todo corría según el guión preestablecido hasta que un día la casualidad hizo cruzar mi destino con un ser totalmente diferente a lo que hasta entonces había conocido. Tengo que admitir que sus costumbres y su manera de tratarme, aunque me resultaron novedosas, no puedo negar que eran muy excitantes. Dentro de mí había imaginado, e incluso soñado que tal ser podría existir, pero nunca supuse que el azar pudiese cruzarlo en mi camino.
Desde el principio tomó el mando de la relación mostrándome que dos personas pueden llegar a necesitarse tanto que su felicidad se base en intentar satisfacer a la otra. Esa mujer era inteligente, dominante y pícara, que sabía motivar para conseguir sus propósitos y una vez logrados, premiar con entregarse en cuerpo y corazón.
La relación se basaba en el poderoso binomio amor-pasión que obliga a ambos a necesitarse hasta el extremo. Sin duda recuerdo nuestra primera experiencia íntima. Entré con la mentalidad de un antílope que se encierra en una jaula con una leona. Un solo zarpazo me podría cortar el cuello, o arrancarme el corazón, pero había algo dentro de mí que no me permitía retroceder, sino más bien avanzar hasta quedar a su merced. Yo no quería ser una mera víctima en esa situación, así que armado de valor me lancé hacia ella pensando en el presente, olvidando mi ordenado pasado y mi desconocido futuro. Sus hábiles manos acariciaban mi cuerpo y provocaba que todos mis nervios se erizasen mientras mis labios recorrían el suyo con ansiedad. La suave y pálida piel denotaba otras batallas en las que había salido victoriosa, pero yo ya no podía aguantar mi pasión. Ella con precisos movimientos iba situándose de tal manera que mis esfuerzos fuesen óptimos para regalarle el placer que ella sabía que merecía y me miraba con unos felinos ojos verdes para mostrarme qué acciones debía memorizar y cuales debía abandonar pues no eran de su gusto. Para mi fue una concatenación de sensaciones nuevas e infinitamente excitantes que me hicieron por primera vez en mi vida sentirme vivo. Tras un largo y exigente esfuerzo ambos cuerpos llegaron jadeantes y sudados al punto culminante para a continuación caer como abatidos por un dardo adormecedor. Instintivamente acabamos enredados mientras mis dedos jugaban con su dorado y liso cabello que caía sobre mi. Desde entonces no he vuelto a ser el mismo.
“Nunca debemos poner límites a lo que deseamos y necesitamos para ser felices. El conformismo mata toda la excitación que esta corta vida nos ofrece”.
June 02 La princesa urbanaPor el mero hecho de residir en una gran ciudad como es mi caso, las posibilidades de conocer gente muy dispar crece proporcionalmente con la población que la compone. En ese amalgama de personalidades, algunas son místicas, otras terrenales, unas solidarias, otras egoístas, pero de vez en cuando alguna sobresale por tener una personalidad especial que le confiere eso que denominamos “diferente” del montón.
La vida nocturna siempre me ha atraído como un imán. Supongo que será porque en la penumbra todos podemos mostrar nuestro interior en un ambiente más liberal que el que juzga la claridad del sol donde todos volvemos a nuestra vida normal, esa que no permite salirse del guión si no se desea parecer una persona irreverente ante la disciplina del día a día.
Ella siempre fue de esas persona especiales. Poseía un brillo y un encanto propio que la hacían diana de los ojos de quienes se cruzaban ante su presencia. Y si su aspecto suscitaba interés y se llegaba por designios de la vida a poder estar a su alcance, su personalidad conjuntaba frescura, una preciosa sonrisa y un poderoso carácter que unido a un agradable físico la convertían en un mecanismo demoledor a la hora de desarmar cualquier defensa a sus encantos que a priori se pudiese establecer. Generaba el odio silencioso de multitud de mujeres pues envidiaban su manera de moverse por el mundo y el deseo de todo hombre que cruzaba su mirada con sus ojos del color esmeralda.
A pesar de su aparente disciplina y exigencia, en privado y con quienes consideraba que lo merecían entregaba todo su ser como obsequio a ese caballero que se enfrentaba al dragón sabiendo que tras él estaba la princesa a rescatar.
Creo que por este paralelismo de dragón a alguien se le ocurrió llamarla la princesa urbana. El caso es que Alba, que así se llamaba ella, lo escuchó una vez y le encantó. Por ello a partir de ese momento todo quien se acercaba a ella ya sabía que era Alba la princesa urbana.
Si difícil era encontrar a alguien con un encanto como Alba, más complicado era conseguir una cita a solas con ella. Llegar a conversar con ella e incluso arrancarle una sonrisa era relativamente fácil, a base de sinceridad y caballerosidad pero pasar el umbral hasta una cita a solas era solo hazaña de un gran amante.
Si hasta aquí la historia podía parecer bastante común, el caso es que había algo que generaba un especial halo a su alrededor. Todo aquél que había logrado una cita con ella no había vuelto a aparecer por el local. Por ello se corría el rumor que esa princesa reservaba algo para su intimidad que nadie conocía hasta que no llegaba a su interior. Y debía de ser algo letal o al menos algo que les hacía desaparecer a todos.
Después de habérmelo trabajado a base de mucho esfuerzo logré que Alba abriese sus puertas a mi visita y el caso es que, aunque el rumor me parecía infundado tenía algo de miedo.
Armado de valor asistí a la cita. Ella apareció resplandeciente y tras dos besos en las mejillas nos dispusimos a charlar. Primero con mis reservas, pero tras unas copas pasamos a conversaciones más íntimas hasta que a media noche nos dirigimos a su casa. Bajo la única iluminación de la luna, y antes de llegar al dormitorio ya no nos quedaba ni una sola prenda de ropa. Sin embargo me sorprendió que todavía no había recibido ni un solo beso en mi boca por parte de sus jugosos y rojos labios. Sus hábiles manos comenzaron a rozar mi piel y su cuerpo me envolvió hasta que perdí la orientación. Manejaba su cuerpo con enorme habilidad que yo compensaba buscando los puntos en los que ella se estremeciese. Después de unos largos minutos de pasión finalmente ambos cuerpos acabaron sudorosos y jadeantes como tras una batalla en la que ambos habían salido vencedores. Yacíamos boca arriba dejado la vista vagar por el blanco techo. Tras unos segundos de reposo percibí que Alba se situaba sobre mi cuerpo y me miraba a los ojos. Acercó su preciosa boca que yo deseaba sobremanera probar, pero cuando estaba a unos milímetros se detuvo. Con tranquilidad pero con mirada profunda me dijo “ahora te voy a besar, pero soy una princesa diferente. Comprobaré si me lo vas a entregar todo de ti, tanto tu amor como tu vida. Si en realidad eres mi príncipe azul disfrutarás de mí el resto de tus días, pero si no lo eres…entonces te convertirás en una fea rana para siempre”. Al escuchar eso mi cuerpo sintió un escalofrío desde arriba hasta abajo e intentó revolverse pero ya era tarde. Alba me besó con toda la pasión posible. Siento sus húmedos labios y su lengua que me han llevado hasta el cielo pero tengo una terrible duda…¿soy su príncipe azul o solo una fea rana?
“Solo quien lo entrega todo merece el premio de llevarse la princesa. Los demás solo serán víctimas que quedarán por el camino”.
May 26 Cruzando el marHay días en los que sin saber por qué hay algo que me hace actuar de alguna manera especial. Los templadas noches de verano son agradables para hacerlo. Suelo ir a una pequeña cala donde solo suena el mar. Me relajo y dejo venir a las olas acercarse hasta las rocas donde siempre me siento. Y algo así debo de sentir esta tarde pues he venido hasta la playa a ver la luna sobre las olas. Me he situado en mi roca favorita y miro el brillo sobre el infinito mar.
Hace ya un año que Mamadou se fue siguiendo las huellas de los que buscan el norte. Esa dirección en la que según parece está ese mundo feliz. Ese en el que todo es posible. Ya hace un año y no sabe nada de él. ¿Habrá llegado a su meta? ¿se habrá instalado? La angustia la agobia y finalmente, armada de valor Aminata ha juntado sus pocas pertenencias y dinero y se ha unido a un grupo que pretende llegar al norte. Desconoce lo que allí le espera pero su amor por Mamadou no le permite más que dejarlo todo atrás con su vista puesta en un futuro incierto y arriesgado. Tras unas semanas de camino, al fin ha llegado a su nariz un olor desconocido de humedad y sal. Y ve por primera vez el mar. Por fin consigue una plaza en una pequeña barca pero para ello se ha dejado todo el dinero que llevaba ahorrado para su nueva vida. Una noche comienza la odisea. Una vez en el agua las horas pasan lentamente con el único acompañamiento de miradas asustadas al ritmo ronco del motor. Primero las manos. Después los pies. El cuerpo poco a poco se atenaza por el frío y se va quedando dormida.
En ese momento, mi tranquilidad se turba cuando comienzo a escuchar un ruido. Primero es un ronroneo lejano que va aumentando hasta que finalmente veo una sombra que se acerca a la orilla. Con un brusco golpe se clava la quilla en la arena.
Un brusco ruido y un golpe la despiertan. Aminata abre los ojos asustada y ve la orilla. Han llegado. Todos se bajan y corren con sus pocas pertenencias entre las piedras. Sobre las rocas hay un hombre en el que Aminata clava sus ojos. No parece peligroso pero el color de su piel parece brillar como si fuese blanca como la luna.
Junto a mí pasa un grupo de inmigrantes que acaban de llegar en una pequeña barca. Una joven me mira fijamente a los ojos. Su mirada aúna susto y ganas de vivir. En unos segundos desaparece entre las rocas. Unos quince minutos más tarde aparece la policía entre luces y sirenas pero ya solo queda la solitaria barca varada en la orilla. Me interrogan y les digo que solo vi a un grupo de personas corriendo. No recuerdo sus caras ni cuantos eran.
Aminata corre con su grupo entre los árboles hasta que llega a un poblado. Entran en la casa abarrotada de personas a las que no conoce, pero al mirarlas siente algo especial. Entre el grupo se hace sitio Mamadou que sonriendo se le lanza encima y se funden en un enorme abrazo mientras los demás les observan. Algunos interesados. Otros indiferentes.
“Los hechos dependen del punto de vista de quien los vive. Para mi ha sido simplemente una experiencia. Para Aminata quizás el principio de su nueva vida.”
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