Arena y's profileLa costa exóticaPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
La costa exóticaExistimos mientras alguien nos recuerda June 23 DesireTú... Sabes que puedo decir que si? Puedo arder si quiero, pueden mis ojos darte chispas de luz en plena oscuridad... puedo soltar al animal dentro de mi, y hacerlo correr tras de ti hasta atraparte, convertirte en presa de lo que siento, porque cuando liberas lo que tengo dentro las flores ocultas se abren, el espejo muestra a una extraña que no conoce el miedo, las alas de las mariposas traviesas caminan sobre mi piel, mis labios se abrirán y esperarán tu beso. Hoy no conozco el miedo. Hoy sé lo que es el deseo.
Poema escrito y publicado aquí por Muse (http://Muse-Morte.spaces.live.com). June 08 Amar en dos palabrasEl lugar de nacimiento se dice que siempre condiciona a la vida de las personas. Sin embargo hay una parte de nosotros que nos hace tomar decisiones que a veces pueden sorprender a los demás pero que deben de tomarse si es eso lo que nos hace felices. En mis años de estudiante, que fueron bastantes ya que tengo que admitir que no era un universitario excepcional, conocí a Tania. Era de origen humilde pero debido a que siempre había vivido en la ciudad, por su aspecto y sus gustos demostraba que era muy urbanita y refinada: tacones altos, ropa fina, maquillaje perfecto y uñas siempre muy cuidadas. Además tenía una dulce forma de hablar que no por ello dejaba de ser convincente cuando lo deseaba.
Si había algo que la podía calificar era de muy ambiciosa. Nada le parecía suficiente, pero no solo para ella sino para con los que le parecían importantes. Estaba afiliada a diversos movimientos ecologistas y pacifistas pero su aspecto no encajaba en ese tópico de chica sin maquillar, con ropa raída, melena recogida y de carácter muy excitable.
En su caso era refinada y tranquila aunque poseía unas firmes convicciones. Nuestra relación solo duró un año aproximadamente que coincidió con mi último año de carrera. Después nuestros destinos se separaron y yo me fui a Estados Unidos mientras ella finalizaba su especialidad en pediatría. Seguimos en contacto regular hasta que un día me contó que se iba a África en el marco de un programa de médicos sin fronteras. Lo primero que pasó por mi mente fue su imagen de mujer de ciudad y refinada, perdida en un poblado del África profunda. No la imaginaba en esa situación pero yo sabía que cuando a Tania se le metía algo en la cabeza, no había nada ni nadie que le hiciese cambiar su parecer.
Después de cinco años viviendo en Estados Unidos regresé a España, y para descansar de mi acelerada vida anterior decidí tomarme unas vacaciones. Hojeando las páginas de una revista de viajes en mi agencia de confianza, encontré un viaje a Mali. Leyendo el contenido del itinerario de repente mis ojos se detuvieron en un poblado cuyo nombre me era familiar: “Goundam”. Casi inmediatamente me vino al recuerdo Tania y que en uno de sus correos electrónicos me había enviado unas fotos rodeada de pequeños niños negros de dientes blancos y sonrisa amplia. Esa sonrisa que siempre regalan a los extranjeros aunque estén mal nutridos y enfermos. Instintivamente decidí realizar ese viaje a África y así encontrarme con mi amiga Tania que hacía cinco años que no veía. Al pasar la tarjeta de crédito me recorrió un escalofrío por el precio del viaje. Pero ya no había vuelta atrás.
El día seleccionado tomé un vuelo a Mali y después de visitar diversos puntos de interés cercanos a su capital Bamako, nos dirigimos a Goundam, un pueblo cercano de paso hacia Tombouctou, la conocida ciudad en las orillas del río Níger. Había enviado un correo a Tania para vernos y ella me aconsejó pasar por un pequeño centro de salud en el que ella ejercía para una población infantil desperdigada por esa región. Entré en el humilde edificio y pregunté por Tania. La maquinaria y los muebles del centro de salud parecían sacados de una película de los años setenta. Al cabo de dos minutos vi aparecer a lo lejos a Tania. Llevaba un pequeño niño entre los brazos. Su cara estaba muy delgada y su piel no mostraba el aspecto con el que la había conocido. Estaba curtida por el sol y sin duda deteriorada por la falta de cuidados. Lucía una sencilla bata y unos zuecos blancos. Me dio un cariñoso abrazo que me recordó nuestro año de amor en el que con mucha frecuencia solo nos separaba un paño blanco que en vez de ser una bata, entonces habían sido unas sábanas. Con paciencia me mostró el lugar donde trabajaba, y mientras tomábamos un café me contó algunas anécdotas referentes a la vida a la que ya se había acostumbrado por completo. Al despedirnos en sus ojos descubrí un brillo de satisfacción y felicidad, que desde entonces recuerdo, y tengo que admitir con algo de envidia que siempre me gustaría llegar a tener en los míos, provocados sin duda por una vida de felicidad sintiendo nuestros deseos cumplidos.
“La búsqueda de la felicidad está en nosotros mismos y no solo en lograr tener muchos bienes o gran poder en el mundo que nos rodea”. May 05 Un final y un principioSiempre recordaré esa época en la que ella estuvo a mi lado. Y digo ella, porque no quiero mostrar su nombre. Aunque ella lo sabe. Fue la vez que una mujer más rápido me enamoró. Es el día de hoy que ella siempre ríe al recordar la situación. Estuvo jugueteando conmigo como una gata con una bola de lana. Y el día que se decidió a enamorarme tardó exactamente un minuto. Bueno, dicho así suena a que es una exageración, pero lo que ella riendo considera un minuto, quizás fue una semana. Sin embargo a mi me pareció un segundo. Todos sabemos que el tiempo es algo relativo según la persona que lo calcule. Era una chica con una gran sonrisa, un corazón enorme y unos hombros demoledores. Algo tenían esos hombros que me dejaban indefenso. Y ella era consciente de su efecto. Cuando los dejaba al descubierto unas veces era de forma casual, pero la mayoría de las veces era de forma intencionada, consciente de su belleza. Estaban rematados por tres juguetones lunares que ella se encargaba de que yo recorriese con mis labios con frecuencia. Le encantaba ponerme una venda de seda alrededor de los ojos y hacerme acertar dónde estaban situados con solo el tacto de mi boca. Algunos días incluso me chantajeaba diciéndome que si no acertaba, no tendríamos sexo. Lógicamente ese ultimátum me motivaba enormemente para aplicarme en acertar donde estaban esos juguetones puntitos de su pálida y templada anatomía. Solo convivíamos los fines de semana pues vivíamos en diferentes ciudades y nuestros trabajos nos mantenían separados. Era frustrante pasarse toda la semana esperando el deseado fin de semana en el que en dos días y medio teníamos que recuperar todo lo que ansiábamos los restantes cinco días.
Conforme se acercaba su cumpleaños, el día ocho de octubre, fui ahorrando para poder regalarle algo especial, así que ese día, en una cajita roja suavemente envuelta en un papel dorado, le regalé una sortija de oro rematado con unos bonitos rubíes. Entonces todavía no vivíamos juntos pero pensé que sería un buen motivo para convencerla de que mis intenciones iban en serio. Se lo coloqué en el dedo anular derecho y ella con una sonrisa picarona me susurró un “gracias” al oído mientras su lengua jugaba con mi oreja. Después de una semana, un día descubrí que su dedo no tenía la sortija que yo le había regalado, sin embargo ella no parecía estar afectada por la situación. Pensé que había olvidado ponérsela, pero los días pasaban y la sortija no aparecía en su dedo. Yo no me atrevía a preguntar pues cuando miraba su dedo ella clavaba la mirada en mis ojos como mostrando un desafío a que le preguntase. El fin de semana siguiente nos quedamos a dormir juntos. Yo seguía preguntándome cual había sido el destino de la sortija, pero esperaba que ella me lo contase. Después de una cena íntima, nos acercamos a la cama entre besos y abrazos y ella apagó la luz. Comencé a recorrer su cálida anatomía. Le gustaba el trabajo bien hecho y sin prisas. Así que comencé por el cuello hasta finalizar por sus preciosos pies. Al juguetear con sus dedos entre mis labios, detecté algo duro y al instante deduje a oscuras el objeto con el que había tropezado. Ella encendió la luz y riendo me dijo. “Ahora ya has aprendido donde me gusta llevar tu regalo. Y seguro que no te molesta que lo lleve allí, ¿verdad?. Desde entonces nunca me he olvidado de ella y en especial en cómo luce mi regalo que pese al paso de los años, sigue llevando aunque ya no estemos juntos.
“En las relaciones íntimas nunca se sabe qué detalle puede hacer que algo se vuelva extremadamente excitante”. April 20 Challenger 70
Con leves insinuaciones de acelerador el coche respondía a mis solicitudes y fui tomando confianza. Con el recorrido de las millas hice mi primer gran descubrimiento. El coche consumía una barbaridad de combustible. Sin duda sus ocho cilindros y sus enormes carburadores, a pesar de desplegar un enorme poderío, no estaban tan optimizados como los coches actuales envueltos en una nube de electrónica y de micro componentes que extraen el cien por ciento del potencial del combustible. En todo caso me mentalicé de que mi Challenger era muy exigente y solo esperaba que cumpliese con todas las expectativas que el bueno de Ken había generado en mí.
Llegué a Junction City a última hora de la tarde y me detuve en un semáforo del centro. Dejé la mirada vagar por los peatones que pacientes esperaban que la luz cambiase para cruzar la avenida. Entre un anciano y un chico melenudo mis ojos se quedaron clavados en una mujer joven morena enfundada en una minifalda vaquera, una camiseta rosa y unas sencillas sandalias negras. Iba abrazando dos bolsas de papel marrón. Sin duda venía de hacer unas compras en un supermercado cercano. Posaba con gran naturalidad mientras el viento jugaba con su rizada y larga melena. Mi pie derecho se apoyó levemente en el acelerador y el coche rugió suavemente. De repente ella se giró y clavó sus oscuros ojos en mí por la ventanilla. Lo siguiente que recuerdo fue el sonido de las bocinas de los coches que llevaba detrás pues el semáforo se había puesto verde y yo no había arrancado. Ella esbozó una pícara sonrisa y yo me sonrojé. No sería la última vez que eso me sucediese con ella. Al día siguiente me la encontré nuevamente. En este caso fue en el banco. Yo estaba esperando la fila del cajero cuando entró por la puerta. Llevaba unos jeans y unas sandalias plateadas de tacón alto. Se acercó a mí y me saludó. La primera sorpresa fue que subida a sus sandalias era un par de centímetros más alta que yo. Su latina y melodiosa voz me envolvió como en una nube y en segundos conversamos alegremente. Me entró una sensación de comodidad que nos llevó a acordar una cita para tomar un café. Eso derivó a una cena, luego paseos y en unas pocas semanas a comenzar un idilio. Ella trabajaba en una oficina financiera trasladada voluntariamente desde su país de origen. Ambos estábamos en ese pequeño pueblo por similares motivos y quizás fue el detonante de la común soledad el que generó la complicidad de buscar un vínculo real con una persona por encima de las superficiales relaciones laborales y con los vecinos de la vivienda.
Cuando llevábamos dos meses de relación, decidimos una mañana de sábado, en un arranque de locura temporal, escaparnos juntos sin rumbo para conocernos a nosotros mismos en estado puro. Solicitamos unas vacaciones en nuestros trabajos y un lunes por la mañana nos pusimos en camino los tres, ella, yo y nuestro Challenger. Durante veintisiete días circulamos por carreteras secundarias, nos detuvimos a comer en sencillos restaurantes, dormimos en destartalados moteles de carretera y en varias ocasiones, frente a impresionantes paisajes preferimos, protegidos por nuestro amigo de metal, la compañía del silencio y la oscuridad de una pista llena de gravilla donde tras una noche de pasión despertamos abrazados con los cristales empañados.
Llegamos a saber infinitas cosas del otro pero ambos sabíamos que ese viaje no podría ser eterno y pasados esos inolvidables días decidimos volver al mundo real y retomar nuestras vidas.
Seguimos saliendo juntos un tiempo hasta que la destinaron de regreso a su país de origen y ella, cual ave en otoño emigró hacia su cálido sur. Tengo que admitir que desde entonces solo leer el nombre de su país me provoca cosquilleos en el estómago.
A pesar del paso de los años aún mantengo al entrañable Challenger en mi garaje, siempre callado y limpio, como esperando nuevamente recorrer esas infinitas carreteras en las que un día cabalgamos sin destino. Al conectar la llave comienza su profundo rugido y cuando decidimos salir a pasear su poderoso corazón vuelve a rugir como deseando retomar la historia. Nunca podré deshacerme de él pues es un amigo que nunca me falló.
April 11 Ella
Desde que se conocieron, siempre estuvo a remolque de la relación. A pesar de ser un fornido soldado, junto a ella en seguida rendía la posición y siempre por un motivo que desconocía, ella dictaba la ruta de la convivencia y del amor. Era consciente de que la relación no era equilibrada, e incluso en algunas ocasiones se maldecía por estar tan enganchado. Pero no podía resistirse ante ella. Convivían, mantenían un vínculo sentimental y sexual. Sin embargo, y a pesar de su adicción sentía que únicamente era un capítulo de la vida de ella. Algún día pasaría página y le dejaría solo. Aún así no era capaz de dejarla. Algo había en ella que le mantenía a su lado. Incluso parecía existir una razón diabólica que los unía. A pesar de que incluso a veces ella le trataba con algo de desprecio, pasado el momento tenía la habilidad de embaucarle nuevamente con caricias, besos y sonrisas. Así transcurrió la convivencia durante muchos meses, hasta que un día al despertar ella no estaba a su lado y en su lugar había una nota en la que se despedía y le deseaba mucha suerte en la vida. De un salto se puso en pie y miró por la ventana. Su coche seguía aparcado en la acera de enfrente. El pueblo en el que residían era pequeño por lo que vistiéndose rápidamente salió a la calle con rumbo a la estación del tren. Corrió desesperadamente hacia el andén para convencerla de que no se fuese, pero cuando faltaban unos pocos metros para entrar en el edificio escuchó el pitido de salida del tren. Cuando llegó al andén, una sucia locomotora seguida de una decena de grises vagones ya comenzaba a moverse desplazándose lentamente. Frente a su vista, que mantenía perdida y desesperada sentía como si el rítmico paso de los vagones borrase todo su pasado y presente. En cuanto cruzó el vagón de cola, quedó a la vista el andén opuesto, casi desierto. A través de sus traslúcidas lágrimas descubrió una borrosa e inmóvil figura. Tras un par de parpadeos pudo verla con mayor precisión. Se trataba de una alta y espigada chica con larga melena y enfundada en unos apretados pantalones rematados con unos altos tacones. Mantenía las piernas levemente separadas y la cadera un poco inclinada hacia el lado izquierdo. Marcando una leve sonrisa en sus labios le envió una mirada profunda, tierna e inteligente empleando unos ojos azules como el mar. Solo con esa mirada sintió algo que nunca antes había experimentado. Como elevado por unas invisibles alas, su recuerdo se recuperó al otro lado del andén frente a la chica misteriosa. “Me llamo Cris” – le dijo ella con una suave voz. “No necesito saber más” - pensó el soldado. Fue el principio de su amor definitivo… y de su vida.
“No siempre por entregarlo todo garantizamos que nuestro amor resulte exitoso. Es más importante encontrar a la persona adecuada y no necesitaremos esforzarnos, pues el placer en sí mismo será satisfacerla”. March 31 FrágilLuz de luna
cada noche
con dulzura te acaricio
desde los hombros
bajo por la espalda
hasta los pies
cierras los ojos de placer
y se te eriza la piel
abrazo tu frágil cuerpo
de tu aroma de mujer
con suaves perfumes
me impregna tu presencia
Somos dos y la noche
solo dos
la noche tres
aparece un hombre
y en tu cama
ya te olvidas de mí
solo te fijas en él
me aparta del medio
escucho tus gemidos
escucho los jadeos
y los besos
el placer te hace vibrar
juntos yacemos
al terminar
Cuando te abandona
en la oscura noche
soy solo yo
quien te acompaña
el silencio
tú y yo
me aprietas con fuerza
acaricias mi suave piel
te abandonas y te duermes
yo no puedo
ser tu hombre
me duele pero asumo
la dura realidad
de mis asiáticos genes
nacidos entre suaves sedas
muy cerca del mar
abrázame fuerte
quiero ser esta noche
al menos un poco tuyo
yo soy tu acompañante
pero en el fondo solo soy
tu humilde camisón March 23 Mundos cruzadosMiguel era un hombre que se podría calificar de atractivo. Desde su juventud había siempre obtenido el favor de las mujeres, primero con sus compañeras de estudios y años más tarde incluso las de algunas compañeras de trabajo. Encantador y seductor nunca había hecho daño voluntariamente a ninguno de sus ligues pues ante todo respetaba la decisión de cada mujer a relacionarse con él. Sin embargo tampoco se echaba atrás si la mujer tenía pareja pues consideraba que cada uno debe de ser responsable de sus actos y asumir sus responsabilidades hasta las últimas consecuencias. No le gustaba comprometerse por lo que nunca se le había conocido pareja estable. Esa forma de ser le había hecho cruzarse en alguna ocasión con esposos y novios celosos que le habían hecho huir precipitadamente de alguna cita. Pese a estos contratiempos, Miguel siempre salía airoso pues sus ligues eran quienes arriesgaban su estado por estar con él. Prefería esperar a que con los años, alguna mujer de veras llenase su vida de una forma que le hiciese limitarse a ella por el resto de su vida. Sin embargo ese momento no llegaba. Si había algo que Miguel amaba por encima de todo y era su pasión por el mar. En cuanto tuvo dinero suficiente se compró un velero con el que comenzó a surcar frecuentemente las aguas cercanas a su costa mediterránea. Siempre aprovechaba sus vacaciones para recorrer las azules aguas y conocer diversos lugares del mundo. Como a todas las personas, le encantaba saber que atraía a las persona del sexo contrario y era consciente de ello. En muchos de los puertos en los que hacía escala, conocía interesantes mujeres que en ciertas ocasiones caían bajo sus encantos. Otras veces simplemente compartía una mirada o quizás un roce. Un verano, amarró su velero en un puerto griego donde se encontró con unos amigos que compartían su pasión por la navegación. Tras una cena y unas copas, le comentaron que había una antigua creencia local que se refería a la existencia de una bella sirena que se acercaba a las costas. Según parece, el hombre que la besase apasionadamente la convertiría en una mujer humana. Miguel rió al escuchar esa historia, pues si había algo que le caracterizaba era su pragmatismo y su poca fe en historias fantásticas. Al final de la noche, se dirigió a su barco para dormir un poco y continuar al día siguiente su singladura. Al llegar a su yate, escuchó un chapoteo y al mirar al agua vio emerger el rostro de una mujer extraordinariamente bella. Largo y suave cabello, labios carnosos y mirada entre desafiante y dulce que le hicieron contestar con una afable sonrisa. Al ayudar a la mujer a salir del agua descubrió sorprendido que en vez de piernas tenía la cola de un pez y al instante recordó la historia de la sirena. Al roce con la piel de la joven quedó prendado de ella y la subió en brazos al barco. Cayeron sobre la cubierta de madera finamente barnizada y se envolvieron en un enorme abrazo que les llevó aun largo y apasionado beso. Fue de tal magnitud el beso que Miguel perdió un poco el sentido. A los pocos minutos abrió los ojos y vio que la joven estaba de pie frente a él mirándole fijamente y con los brazos cruzados. De su aleta no había el menor rastro y había sido sustituida por unas preciosas piernas torneadas, con un leve punto musculoso que brillaban a la luz de la luna. Miguel pensó que esa sería la mujer de su vida y se incorporó para levantarse abrazarla. Sin embargo no pudo. Al mirar a sus piernas, vio acongojado que en vez de eso tenía una larga cola de pez que movía aceleradamente. Al ver su mirada aterrada la joven se agachó hacia Miguel y dándole un beso en la frente le dijo: “Gracias por convertirme en mujer, me has hecho un favor enorme”. Y dicho esto le dio un pequeño empujón haciendo caer a Miguel por la borda hacia el oscuro mar. La bella joven mirándole le lanzó un beso desde lejos e inmediatamente izó las velas y el velero desapareció lentamente entre los plateados brillos de la luna sobre el agua.
“En toda relación nada es predecible y se debe asumir el riesgo que corren ambos amantes, pues en cualquier momento puede surgir lo más inesperado.” March 14 Poema impaciente (de Muse)No importa si ya lo dijiste,
yo lo quiero escuchar otra vez y más que eso, quiero saber el por qué. Por qué desatas a la mujer despiadada que hay en mi? por qué desnudas a esta pobre musa desgastada por las palabras por qué -y maldita sea- necesitas sentir que sintiéndote estoy. Y porque ya sabes lo que te dije y si quieres que lo repita, que dejas libre a la dueña doliente de las letras para que construya un camino que se cruce con el tuyo allá donde nadie nos vea. Y no me importa que me digas que quieres saber lo que siento cuando tu voz me toca que me pierdo como se pierde un pez en el mar, como un barco en una tormenta, como una amante entre sombras... no hace falta tu voz para que te escuche cerca... a veces no hace falta que te escuche siquiera... si no hablas te escucho y con los ojos cerrados te contemplo y en aquel sitio cerrado, donde soy yo y donde soy libre siempre -y maldita sea mi suerte- ahí estas tú. Poema escrito y publicdo aquí por Muse (http://musadeojostristes.spaces.live.com).
March 10 El te de las seisEn casa de los Stanford se tomaba siempre el te a las seis de la tarde. Era una ancestral tradición transmitida de madres a hijas y de abuelas a nietas siempre por el lado femenino de la familia. A las seis de la tarde del día veinticinco de mayo de mil novecientos setenta y nueve, el preciso día en que Sally Stanford nació, su mamá por motivos obvios no organizó el te. Por su lado desde su niñez Sally fue algo reacia a asistir esa tradición con las lógicas reprimendas de su mamá. Sin embargo a una niña le apetece más jugar que sentarse obedientemente a charlar con las amigas de su mamá, que parecían más bien unas viejas charlatanas con temas triviales y muy alejados de los que le gustarían escuchar a una niña. No por ello le parecía sin utilidad pues a esa hora su mamá la dejaba tranquila y Sally se refugiaba en su cuarto a revivir su sueño. Desde niña siempre soñaba con volar hasta las estrellas y convertirse en una de ellas. Si había algo que caracterizaba a Sally era su cabezonería. Siempre trataba de salirse con la suya pero sin imponer su criterio a la fuerza, solo a base de convencer a los demás de que sus propósitos, además de legítimos eran lógicos. Por ello tomó el firme propósito de llegar a cumplir su sueño por encima de todo. Se pasaba las tardes mirando el techo de su habitación decorada con estrellitas que ella misma había confeccionado. Ni que decir tiene que las noches despejadas, lamentablemente pocas en su pueblo costero de Torbay en el condado de Devon, se las pasaba en vela mirando por la ventana. Dejaba la vista vagar por esas estrellas tintineantes hasta que finalmente el sueño la vencía y se dormía. A las seis de la tarde de un día de mil novecientos noventa y seis Sally ingresó en la “Royal Air Force” de Gran Bretaña. Fue un éxito personal lograr salvar las durísimas y selectivas pruebas de ingreso contra chicos fuertes y muy entrenados que pasaron de mirarla con desdén y algo de paternalismo a observar sonrojados cómo realizaba las pruebas físicas con excelente rendimiento. Además de ello, mentalmente estaba muy bien dotada así que las pruebas intelectuales fueron hasta cierto modo asequibles para ella. Finalmente entró con el séptimo puesto entre más de trescientos candidatos. En seguida se hizo un hueco en su grupo y se ganó el respeto con su excelente disciplina tanto marcial como de estudios. Poseía una simpatía y una modestia que la hacían generar el aprecio de todos. Lógicamente también generaba la atracción de algunos chicos que sin embargo no lograban cautivarla salvo tras un largo periodo de gran esfuerzo. A pesar de ello nunca quiso intimar demasiado para evitar mostrar signos de vulnerabilidad en un mundo de hombres. Cuando volaba lo hacía con una maestría extraordinaria. Sus compañeros cariñosamente la llamaban el pájaro porque parecía haber nacido para volar. A las seis de la tarde de un día de dos mil uno, Sally recibió acariciado su título de piloto de caza a los mandos de un Panavia Tornado quedando en el escalafón en el tercer puesto que le daba opción a elegir su destino. Sally sin dudarlo solicitó su ingreso en el curso de astronauta de la NASA. Conforme se iba acercado a su meta, cada vez se tornaba más y más emocionada. Su familia había pasado de la sorpresa inicial de los deseos de Sally a congratularse de sus éxitos aunque su padre siempre había deseado una niña muy femenina que estudiase una abogacía o algo similar. Tras pasar un duro entrenamiento estudiando astronomía y manejo de equipos espaciales finalmente se le adjudicó un vuelo espacial cuya misión sería para poner en órbita varios satélites. A las seis de la tarde de un día de dos mil tres comenzó el lanzamiento del cohete que dirigía el comandante Samuel Worthington. A su lado, Sally Standford ejerciendo de asistente de vuelo en su primer misión espacial. En su casa de Torbay toda su familia estaba alrededor del te esta vez preparado de manera especial y siguiendo por la televisión como su hija hacía su sueño realidad. A la hora exacta los motores comenzaron a rugir de manera estruendosa dejando tras de si una enorme llama como la de un cometa catapultando a sus pasajeros hacia el espacio. Sally miraba como se iba a finalmente a dirigir a “sus estrellas” y ser una de ellas. A una velocidad de unos cuarenta mil kilómetros por hora salió de la atmósfera terrestre y unas horas más tarde puso los satélites en órbita. Tras tres días en órbita comenzaron el regreso. Sally de despidió tristemente de sus estrellas pero con la esperanza de volver pronto. En la crítica reentrada una parte del recubrimiento refractario se desprendió por un fallo de anclaje con lo que en un segundo la nave estalló en el cielo ante los impávidos ojos de todos los presentes y de su familia que se quedó helada. El cohete se convirtió en una bola de fuego y después se desintegró en una colección de fuegos artificiales que repartidos por el firmamento lentamente se fueron apagando cual estrellas al amanecer. Al final Sally logró ser una estrella como siempre había deseado pero no de la manera que suponía serlo. Su familia lloró enormemente su pérdida pero siempre que miraban al cielo sabían que una de esas estrellas era su hija Sally.
“A base de esfuerzo se pueden hacer los sueños realidad pero nunca se sabe de qué manera se cumplirán”. February 23 El viejo violín
Samuel vivía en un poblado al sur de Tanzania. Desde muy pequeño había vivido la guerra en primera persona. Nunca había conocido a sus padres, o al menos no los recordaba, pues al parecer habían sido asesinados en una refriega con un pueblo rival cuando Samuel era solo un bebé.
Estaba en un orfanato-colegio desde los dos años, aunque como todo ser humano solo recordaba lo sucedido desde los cuatro. Ahora contaba con doce años y cada día junto con sus compañeros recibía clases de un religioso. Era un misionero de los clásicos con su larga barba blanca y su enorme crucifijo colgando del pecho. En muchas ocasiones sentía como si el Jesucristo en la cruz vigilase sus movimientos y por ello siendo más joven había procurado hacer sus gamberradas fuera de la presencia del misionero.
Cuando terminaban las clases, se iban a sus dormitorios colectivos. La mayor afición del misionero era tocar el violín. Cada tarde noche, con parsimonia y devoción abría su negra funda y tomando con lentitud el violín, lo situaba en posición. Comenzaba a tocar diversas composiciones que resonaban en la jungla como cortantes machetes que muchas veces hacían silenciar hasta los rugidos de las acechantes bestias.
Samuel desde el principio quedó fascinado por el sonido de ese pequeño aparato de madera y decidió que algún día sería un gran violinista. Y un día se lo dijo al misionero que con gusto le comenzó a dar clases hasta que Samuel poco a poco fue tocando el violín bajo la atenta mirada de su maestro que veía en Samuel un niño muy sensible y sobre todo con unas enormes ganas de aprender.
En ese colegio también estaba Veronique, una preciosa niña, alta y con una larga melena rizada que colgaba por su espalda. También ella era huérfana. La habían dejado envuelta en unos paños a la entrada del colegio y nunca se había conocido quienes eran sus padres, pero se intuía que la habían dejado allí por no poder mantenerla.
Samuel y Veronique se hicieron muy amigos y compartían mucho más que la mera amistad de dos compañeros.
Al cumplir los 18 años, Samuel y Veronique se fueron del orfanato a vivir su vida como pareja. La despedida fue muy dura pues el anciano misionero había sido como su padre.
Samuel comenzó una humilde vida de carpintero en un poblado junto a su esposa. Su sueño era conseguir ahorrar para comprarse un violín y seguir desarrollando su gran pasión.
La vida en la selva era peligrosa pues a veces los animales hambrientos o con crías variaban su previsible comportamiento. Un día en el que Veronique se dirigía al río casualmente se encontró con una leona que tenía dos crías y en su afán por protegerlas se acercó a Veronique. Consciente del peligro, gritó el nombre de su marido, que se acercó corriendo y se interpuso entre su frágil esposa y la leona. La bestia obcecada por sus crías se abalanzó sobre Samuel que instintivamente se defendió con su brazo izquierdo y al instante los dientes de la leona se clavaron en éste. Como hábil y experimentado luchador, y a pesar del enorme dolor, con la mano derecha asestó un navajazo en el abdomen a la leona que retrocedió soltando un rugido de dolor.
Con el brazo ensangrentado, llevaron a Samuel a un sencillo botiquín donde al llegar se desmayó.
Al despertar vio la conciliadora sonrisa de Veronique que estaba sentada a su lado. Se miró en cuerpo y vio que tenía el brazo izquierdo vendado. Sin embargo no sentía nada. Tras hablar con los médicos le dijeron que nunca lo podría utilizar más, pues los dientes de la leona habían desgarrado demasiados tendones. Tomó ánimos pues al menos había salvado el brazo de la amputación. Tras recuperarse se fueron de nuevo a su casa y aunque con dificultades, Samuel retomó su actividad.
El año que ambos cumplían los veinticinco años una mañana recibieron una carta y un gran paquete. No suponían en absoluto lo que podía contener, así que abrieron la carta.
Era del director del orfanato y les explicaba que el misionero había fallecido tras una rápida enfermedad, pero al recoger sus pertenencias habían encontrado una carta que solicitaba enviasen ese paquete a Samuel, y al ser el último deseo de un fallecido se lo habían enviado.
Al abrir el paquete, entre lágrimas Samuel vio la negra funda del violín que nunca podría tocar, pero mirando a Veronique, comprendió que era ella lo que de verdad tenía valor para él.
“Si amamos con todo el alma, en nuestra lista de prioridades siempre está nuestra persona amada por encima de nuestros propios sueños personales”. |
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